Temporada de huracanes

Llegaron al canal por la brecha que sube del río, con las
hondas prestas para la batalla y los ojos entornados, cosidos casi en el fulgor del mediodía. Eran cinco, y su líder,
el único que llevaba traje de baño: una trusa colorada
que ardía entre las matas sedientas del cañaveral enano
de principios de mayo. El resto de la tropa lo seguía en
calzoncillos, los cuatro calzados en botines de fango, los
cuatro cargando por turnos el balde de piedras menudas
que aquella misma mañana sacaron del río; los cuatro ceñudos y fieros y tan dispuestos a inmolarse que ni siquiera
el más pequeño de ellos se hubiera atrevido a confesar
que sentía miedo, al avanzar con sigilo a la zaga de sus
compañeros, la liga de la resortera tensa en sus manos, el
guijarro apretado en la badana de cuero, listo para descalabrar lo primero que le saliera al paso si la señal de la
emboscada se hacía presente, en el chillido del bienteveo,
reclutado como vigía en los árboles a sus espaldas, o en
el cascabeleo de las hojas al ser apartadas con violencia,
o el zumbido de las piedras al partir el aire frente a sus
caras, la brisa caliente, cargada de zopilotes etéreos contra
el cielo casi blanco y de una peste que era peor que un
puño de arena en la cara, un hedor que daban ganas de
escupir para que no bajara a las tripas, que quitaba las ganas
de seguir avanzando. Pero el líder señaló el borde de la
cañada y los cinco a gatas sobre la yerba seca, los cinco apiñados en un solo cuerpo, los cinco rodeados de moscas
verdes, reconocieron al fin lo que asomaba sobre la espuma amarilla del agua: el rostro podrido de un muerto
entre los juncos y las bolsas de plástico que el viento empujaba desde la carretera, la máscara prieta que bullía en
una miríada de culebras negras, y sonreía