Seis tumbas en Munich

Michael Rogan echó un vistazo al morboso rótulo del club nocturno más de moda en Hamburgo. «Sinnlich! Schamlos! Sündig!» «¡Sensual! ¡Desvergonzado! ¡Pecaminoso!» El Roter Peter no ocultaba lo que ofrecía de puertas adentro. Rogan se sacó del bolsillo una pequeña fotografía y la examinó a la luz roja de la lámpara con forma de cerdo que iluminaba la puerta del local. Había mirado aquella foto centenares de veces, pero temía no reconocer al hombre que buscaba. Las personas cambian mucho en diez años. Incluso él había cambiado.

Pasó por delante del portero servilmente inclinado y entró en el club. Todo estaba oscuro en el interior, a excepción de la pequeña pantalla rectangular donde se proyectaba una película porno. Rogan avanzó entre las mesas atestadas de gente bulliciosa y más o menos ebria. De pronto, las luces del local se encendieron y Rogan quedó enmarcado contra el escenario, donde unas chicas rubias bailaban desnudas. Sus ojos escrutaron las caras de los que estaban sentados en primera fila. Una camarera le tocó el brazo y dijo, coquetamente, en alemán:

—¿Herr Amerikaner busca algo en especial?

Rogan la rozó al pasar, molesto por haber sido tan fácilmente identificado como americano. Notó la presión de la sangre contra la placa de plata que llevaba en el cráneo: señal de peligro. Tendría que cumplir con su deber lo antes posible y volver al hotel. Inspeccionó todo el local, incluso oscuros rincones donde los clientes bebían cerveza en grandes jarras y metían mano a la primera camarera que pasaba. También echó un vistazo a los reservados: hombres arrellanados en divanes de cuero observaban a las chicas del escenario antes de decidirse por su favorita y hacerla ir con una llamada de teléfono.

Rogan empezaba a impacientarse. No le quedaba mucho tiempo. Se volvió hacia el escenario. Detrás de las bailarinas desnudas, en el telón, había un panel transparente a través del cual los clientes podían ver al siguiente contingente de coristas preparándose para salir a escena. Cada vez que una de las chicas se despojaba de una media o un sujetador, aplaudían. Una voz de acento etílico bramó:

—¡Ay, preciosidades! ¡Os quiero a todas!

Rogan se dio la vuelta y sonrió en la oscuridad. Recordaba aquella voz. No había cambiado en diez años: una voz bávara, gruesa y ronca, preñada de falsa camaradería.