El camino de regreso a ti

Un sábado por la mañana, mi teléfono celular sonó a las siete. Hay
una sola persona en todo el mundo que se atrevería a llamarme a
esa hora. —¿Qué es el a-nia-gra-ma? —dijo ella.
Mi madre tiene ochenta y dos años. Durante sesenta y siete de
esos años, fumó cigarrillos Pall Mall, evitó hacer ejercicio y comió
tocino con impunidad. Nunca necesitó gafas ni audífonos y es tan
ágil y perspicaz que uno podría pensar que la nicotina y su falta de
actividad fueron las claves para una vida larga y feliz. Había escuchado lo que yo dije la primera vez.
Sonreí y continué con uno de mis discursos de ventas del Eneagrama.
—El Eneagrama es un sistema antiguo que describe los distintos tipos de personalidad. Ayuda a las personas a comprender
quiénes son y cuáles son sus motivaciones —dije.
Después de eso, se produjo un silencio largo y prácticamente
sin sonido de la respiración del otro lado del teléfono. Sentí que
había sido arrojado, de repente, a un agujero negro en una galaxia
lejana.
—¿Habla mi hijo menor, Ian? —dijo mi madre, fingiendo que
no estaba segura de haber llamado al número correcto.
—Sí, soy yo —respondí, siguiéndole la corriente.
—¿En qué estás trabajando? —preguntó ella.
En ese momento no estaba trabajando en nada. Estaba parado
en la cocina, en calzoncillos, preguntándome por qué mi Nespresso
emitía sonidos apocalípticos e imaginando todos los lamentables
desenlaces que podría tener una conversación con mi madre en las
primeras horas del día si mi cafetera se descomponía y yo no podía
tomar mi primera taza del día.
—Estaba pensando en escribir un manual básico sobre el Eneagrama —respondí, agradecido al ver que un chorro de amor en
forma de café llenaba mi taza.
—¿El sonograma? —preguntó ella.
—No, dije el…
—¿El anagrama? —dijo ella, una segunda pregunta antes de
que yo pudiera frenarla.
—Eneagrama. ¡Eneagrama! —repetí.